LA HABANA (AP) — Es temporada baja para el turismo en el casco histórico de la capital de Cuba.

La multitud de estadounidenses que solían llegar a la isla en cruceros dejaron de reunirse sonrientes y burbujeantes para recorrer las calles coloniales luego de que el gobierno de Donald Trump les prohibiera venir por esta vía. Y como los viajeros de otras nacionalidades prefieren las famosas playas a la calurosa Habana, los carruajes que antes paseaban extranjeros por la zona ahora luchan por sobrevivir.

Estos carros tirados por caballos que los visitantes suelen contratar son un elemento fijo del paisaje de esta urbe con su variada arquitectura que está a punto de cumplir 500 años de existencia.

Sin embargo, la baja en el turismo es un desafío para los miembros de la cooperativa que conforman los dueños de estos coches: para ellos significa menos dinero para mantener a sus familias y conservar a los carros y a sus animales. Un recorrido puede costar entre 25 y 30 dólares por una hora, proporcionando un salario digno a los conductores.

Un promedio de 20 carros andan las calles de La Habana Vieja en un día de la temporada alta. Hasta hace algunas semanas estaban llenos de estadounidenses que arribaban de los cruceros a pocos metros de donde tienen su lugar de concentración.

La tradición de los carruajes tirados por caballos en Cuba comenzó en el siglo XV, cuando fueron empleados por los colonizadores españoles para transportar carga. Después de que los automóviles se introdujeran en la isla a finales del siglo XIX, se convirtieron en un transporte secundario, aunque muchas comunidades del país dependen de ellos para mover a la población y a la mercadería.

Desde principios de 2014, el negocio de los carros tirados por caballos en La Habana Vieja pasó a ser una cooperativa dirigida por los propios trabajadores --denominada “El Carruaje”--, que incluye a 124 conductores.

Se estableció como parte de un esfuerzo para sacar a cientos de miles de cubanos de las nóminas estatales con la entrega de algunas actividades a los particulares. Ahora estos cooperativistas están luchando por mantenerse sustentables con menos estadounidenses caminando por las calles y sanciones más estrictas por parte de Trump, que reducen el número de visitantes y sus ingresos.

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