DALLAS (AP) — El sacerdote se levanta a las cuatro de la mañana cuando tiene que dar misa temprano, toma un café y disfruta de un momento de paz mientras sus hijos duermen en habitaciones llenas de animales de peluche, muñecas de Sesame Street y cuadros de santos. Después se despide de su esposa con un beso y se encamina en auto, por calles desiertas, a su parroquia.

En el universo católico, sacudido por debates sobre el celibato de los curas desde Brasil hasta el Vaticano, Joshua Whitfield es lo que él describe como una anomalía: un sacerdote católico casado.

La iglesia católica romana exige celibato a sus miembros desde la Edad Media, describiéndolo como un “regalo espiritual” que permite a los hombres dedicarse plenamente a la iglesia. Pero la crisis derivada de la escasez de sacerdotes a nivel mundial hizo que sectores liberales de la iglesia empezasen a decir que había llegado la hora de reconsiderar la postura ante el celibato. El miércoles, el papa Francisco dio un paso a un costado y difundió un documento muy esperado sobre el tema en el que evitó toda mención de las recomendaciones de obispos latinoamericanos que creen que es necesario ordenar individuos casados en la Amazonía, donde los fieles pasan meses sin ver a un cura.

Para los amantes de la tradición, no hay nada que discutir.

El celibato es “la característica de un alma heroica y el llamado imperativo a un amor único y total por Cristo y su iglesia”, escribió Pablo VI en 1967.

Pero ahí está Josh Whitfield.

Whitfield es marido, padre de cuatro hijos y un sacerdote venerado por su rebaño en la Comunidad Católica Santa Rita de Dallas. Se pasa la vida entre dos mundos. Oficia misas, escucha confesiones, lleva a su hijo a clases de karate y alienta a su hija mayor a que le tome el gusto al béisbol. Es parte de una pequeña comunidad de curas casados que ni la mayoría de los católicos sabe que existe.

En Santa Rita, es tan solo el padre Josh.

“La gente como usted se interesa en los curas casados. Aquí en Santa Rica no le damos mucha importancia. Mi trabajo es cumplir con las tareas que el obispo me encargó de la mejor manera posible”, declaró el padre Whitfield en una entrevista en su oficina llena de libros, en la que las fotos de su esposa e hijos se mezclan con fotos de papas y dibujos de las figuras religiosas que admira.

En Estados Unidos hay unos 125 sacerdotes casados, según expertos. Y en el mundo unos 200.

Distintas consultas indican que los católicos apoyan mayoritariamente el matrimonio de los curas. Una serie de informes del Centro de Investigaciones Pew de los últimos años indican que un 62% de los católicos de Estados Unidos y un 56% de los brasileños ven con buenos ojos el matrimonio de los curas. En Europa central y oriental lo aprueba el 63%. Brasil es la nación católica más grande del mundo.

Una razón para ello es que le iglesia enfrenta una enorme, y creciente, escasez de curas. En Estados Unidos la cantidad de sacerdotes disminuyó un tercio desde 1970. En el 2018 había apenas 37.000 sacerdotes a pesar de que la población católica había subido de 54 millones a 74 millones, de acuerdo con el Centro para Investigaciones Aplicadas en el Apostolado. A nivel mundial, la cantidad de sacerdotes se mantuvo estable en los últimos 50 años, aunque es de notar que la población católica se duplicó, hasta llegar a 1.300 millones de fieles.

Hay un pequeño sector de católicos contrarios a la admisión de curas casados: Los propios sacerdotes casados.

“Muchos sacerdotes casados, como yo, tenemos esta postura extraña, casi contradictoria. Sé que es difícil entenderla. Pero eso es parte de la irritante belleza del catolicismo. La iglesia insistentemente piensa con una perspectiva teológica, no sociológica ni política”, dijo Whitfield.

La Iglesia Católica, que cuenta con casi dos docenas de ritos, permite el casamiento de los curas en las iglesias del Rito Oriental. También admite algunos hombres casados como Whitfield, un exsacerdote episcopal que se convirtió al catolicismo con su esposa Alli en el 2009 y tres años después fue ordenado como cura católico.

Si bien los curas casados fueron algo común en los primeros siglos del cristianismo, el Rito Latino --la rama más grande del catolicismo y el rito dominante en Occidente-- tiene una tradición de celibato en sus sacerdotes desde el siglo 11 como forma de mantener el patrimonio de los curas en la iglesia, sin que pase a sus herederos.

El papa Francisco ha mantenido un delicado equilibrio en torno al tema del celibato, señalando que es una tradición, no un dogma teológico, y por lo tanto está sujeto a cambios. Sus pronunciamientos van desde afirmaciones categóricas como “no estoy de acuerdo con permitir que el celibato sea opcional, no”, hasta otras más ambiguas, como decir que los curas pueden ser autorizados a casarse “cuando hay una necesidad pastoral” en zonas remotas donde hay gran escasez de sacerdotes.

Esa posibilidad alarma a sectores conservadores y envalentona a los liberales. Ambos bandos coinciden en que si se permiten curas casados en regiones como la Amazonía o las islas del Pacífico, ello abriría las puertas para la aprobación del matrimonio de los sacerdotes en general.

Whitfield, de 41 años, se hizo cura católico en el 2012 al amparo de los Criterios Pastorales, una serie de reglas aprobadas por Juan Pablo II en 1980 que dan a los sacerdotes episcopales casados que se convierten al catolicismo la oportunidad de ser curas católicos.

El proceso puede tomar años e incluye de todo, desde entrevistas psicológicas hasta exámenes sobre la teología católica y, en última instancia, una dispensa del papa.

Los sacerdotes conversos se consideran a sí mismos excepciones a siglos de reglas católicas, parte de una campaña para que la iglesia católica se una con algunas ramas de los anglicanos. Tienen algunas restricciones: No pueden ser obispos ni volver a casarse si sus esposas mueren, y deben pasar el resto de sus vidas sin casarse.

Muchos de los curas conversos casados se habían desencantado con la iglesia episcopal a medida que se hacía más liberal en las últimas décadas, librando grandes batalles en torno a temas como la ordenación de mujeres y el matrimonio gay. Irónicamente, ahora son los héroes de los católicos liberales, que los ven como fuerzas modernizadoras de la iglesia.

“Somos hombres conservadores que dejaron la iglesia episcopal y ahora nos topamos con todos estos católicos de izquierda que celebran nuestra presencia”, dijo el padre Paul Sullins, otro cura casado, con tres hijos y quien enseña en la Universidad Católica. “Puede ser incómodo, pero tratamos de amarnos los unos a los otros”.

Deborah Rose-Milavec, de la agrupación católica FutureChurch, es una de esas figuras progresistas.

“Sea cual sea su postura hacia el matrimonio, por la forma en que viven sus vidas demuestran que es totalmente posible tener curas casados. Son efectivos en su ministerio. Pueden oficiar misa y criar hijos. Pueden dar los sacramentos y tener una familia”, afirmó.

Sullins admite que los curas casados como él pueden abrir las puertas a la llegada de otros.

“Podríamos ser la vanguardia algún día, pese a que no queremos ser la vanguardia”, manifestó

Whitfield, quien dejó la iglesia episcopal en parte porque estaba muy molesto con la intensidad de sus divisiones y se sintió atraído por la tradición de obediencia del catolicismo, evita meterse en debates sobre el celibato.

“Tal vez piense que voy a emitir opiniones fuertes sobre el tema”, expresó. Dice que el celibato debería ser la norma, pero si la iglesia decide admitir curas casados, “lo aceptaría y les mostraría cómo hacerlo funcionar”.

Él y Alli claramente disfrutan su vida de casados.

Con cuatro hijos de menos de diez años, viven en medio de un caos de escuelas, deportes, juguetes y fiestas de cumpleaños. Las cenas con bulliciosas, encontrar tiempo para bañar a todos es una faena, lo mismo que programar las vidas de tantos niños. Son, según Withfield, “una hermosa familia que vive en un caos constante”.

“Me encanta ir a casa y ponerme a jugar con los chicos hasta que me enfurecen y les pego un grito”, afirma.

Whitfield es un hombre gentil que lamenta lo mal que habla español y se pregunta si pasa suficiente tiempo con sus hijos. Lee vorazmente. En sus estantes hay libros de todo tipo de autores, desde Jane Austin hasta Dickens y Ta-Nehisi Coates, así como tratados de teología y una biografía de San Benedicto.

En muchos sentidos, es un matrimonio a la antigua: Él trabaja y ella atiende la casa y a los chicos.

La carga de trabajo de Whitfield es pesada: misas, confesiones, tareas administrativas, consejería, problemas burocráticos con la escuela de la iglesia y reuniones del clero regional.

Las obligaciones de la iglesia y las de la familia a veces generan conflictos.

“Sería lindo que estuviese con nosotros un sábado por la mañana”, dijo Alli. Pero Josh tiene misas y confesiones, y es ella la que debe lidiar con los partidos de fútbol de los chicos y las fiestas de cumpleaños.

La parroquia recibió con los brazos abiertos a Whitfield y su familia, pero a veces surgen complicaciones, como cuando los feligreses se asombran cuando Whitfield menciona a Alli en un sermón acerca de la esposa de un cura --una conversa-- que no está muy segura de algunas tradiciones católicas.

“Algunas madres me preguntan: ¿Qué hacía su familia? ¿Deja que sus hijos coman carne los viernes?”, cuenta Alli.

Para ella, la suya es una familia normal, de hecho, más religiosa y más conservadora que la mayoría. Cuando Whitfield tuvo problemas con su fe episcopal, a ella le preocupaban otras cosas más prácticas.

“Estábamos en esta linda iglesia (episcopal) y nos apoyaban mucho. Sabíamos de dónde venía su próximo sueldo. Si nos hacíamos católicos, todo eso se acabaría. Me asustó mucho esa perspectiva: Que de repente tu esposo se quede sin trabajo”.

A veces se maravilla pensando el rumbo que tomó su vida después de conocer a Josh en la universidad siendo casi una adolescente.

“No pedí nada de esto. Era una chica de 20 años que añoraba conseguir un hombre con alguna fe. Pero, ya se sabe, supongo que Dios pensó que esto sería algo divertido”.

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