LA HABANA (AP) — Eusebio Leal Spengler, quien transformó a La Habana Vieja de un depauperado barrio marginal hasta convertirlo en un ejemplo de restauración y el polo turístico más importante de la isla sin desalojar a sus humildes residentes, murió el viernes, informaron medios oficiales cubanos. Tenía 77 años.

Leal batalló contra un cáncer en los últimos años. De conformidad con el pedido de su familia, sus cenizas serán conservadas hasta que la actual pandemia del coronavirus sea controlada y se le pueda rendir un homenaje en el Capitolio, se indicó.

El gobierno decretó duelo oficial para el sábado, por lo que la bandera cubana se mostrará a media asta durante toda la jornada.

La noticia de su fallecimiento generó de inmediato una gran cantidad de mensajes de condolencia que recordaron su figura.

“Celebremos su maravilloso paso por la vida, demasiado breve para quienes le quisimos por su obra y por sí mismo. Hay que seguir por sobre esas huellas, la paciente e infinita labor de salvar el patrimonio de nuestra #Cuba”, escribió el presidente Miguel Díaz-Canel en su cuenta de Twitter.

Para muchos, Leal, cuyo cargo oficial era “Historiador de la Ciudad de La Habana”, fue el verdadero genio tras el rescate del casco antiguo de la urbe, devenido durante décadas en un espacio hacinado, plagado de solares y derrumbes.

“Llamar la resurrección de lo que parecía como muerto, resultaría a miradas pueriles una cruzada romántica. Y si así fuera no nos desentendemos ni avergonzamos de ser románticos en tiempos señalados por acontecimientos apocalípticos”, expresó alguna vez Leal.

“Nuestros menesteres proyectan otras formas de la esperanza: aquella que nace de la recuperación de la memoria, del sueño compartido por muchos de crear un nuevo orden”, agregó con esa retórica barroca que lo hizo famoso en la isla y el extranjero.

Nacido en La Habana el 11 de septiembre de 1942, Leal mezcló su talento como intelectual con su capacidad de empresario creando un mecanismo por el cual de los negocios estatales abiertos en La Habana Vieja --hostales, tiendas o restaurantes-- obtenía los recursos para reinvertir en nuevas restauraciones que atraían a turistas y personalidades.

Con este esquema logró sacar partido del rico patrimonio de La Habana Vieja para mejorar también radicalmente la calidad de vida de sus habitantes --mejorando la infraestructura como el abasto del agua o aliviando los drenajes sanitarios-- y aportar a la economía siempre crítica de la pequeña isla agobiada tras la caída de sus socios soviéticos y bajo presión de las sanciones de Estados Unidos.

Al mismo tiempo y durante muchos años podía vérselo caminar solo por las calles de La Habana Vieja, hablando con los vecinos, escuchando sus reclamos o sugerencias. Sus detractores en la isla solían criticar su testarudez y entre los opositores su apego a la revolución cubana.

Leal usó gran parte de las ganancias que dejaba el turismo en los comercios bajo su administración para mejorar edificaciones, restaurar museos, arreglar monumentos y hasta volver a su función inicial la que fuera la primera universidad habanera, la de San Gerónimom¡, o emprender la reparación del emblemático Capitolio, símbolo de los tiempos de la república y el cual volvió a sede parlamentaria.

En paralelo desarrolló proyectos novedosos como convertir las antiguas casas coloniales en hostales temáticos (el Conde de Villanueva para fumadores, por ejemplo) y tiendas especializadas desde perfumes artesanales hasta abanicos.

Acompañó a los vecinos con iniciativas sociales como la creación de casas y comedores de abuelos, centros materno-infantiles, talleres formativos e instaló en los museos aulas escuelas para niños de primaria.

Muchas anécdotas se cuentan sobre la pasión con la cual el funcionario defendió la arquitectura y los valores históricos de la capital, al tiempo en que evitó derrumbes de viejas edificaciones volviéndolas a su funcionamiento.

En 1967 fue designado director del Museo de la Ciudad de La Habana. Desde ese puesto, abrió su trayectoria de rescatista pero en realidad la carrera de Leal despegó de manera sostenida a la par que La Habana Vieja fue inscrita como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1982 y algunos fondos fluyeron para su rescate.

Se destacó también por sus dotes de diplomático acompañando personalmente a recorrer las calles de La Habana y mostrando sus logros a personalidades que visitaban a Cuba --incluso algunos enemistados críticos del gobierno revolucionario-- desde el expresidente Barack Obama hasta los reyes de España Juan Carlos y Sofía y el expremier José María Aznar.

Leal se las ingenió para repavimentar calles --incluyendo una cuadra de adoquines de madera y que, con el clima tropical, requiere mantenimiento permanente—; rescató tradiciones, como los conciertos de música antigua, y consiguió una reanimación profunda de La Habana Vieja dando empleo a sus propios residentes.

En los últimos tiempos, su apuesta por La Habana Vieja fructificó con la llegada, además, de emprendedores y pequeños empresarios, al calor de las reformas económicas aperturistas desarrolladas por el expresidente Raúl Castro que tomaron calles enteras para convertir las viejas casas recicladas en galerías, elegantes restaurantes o negocios de ropa a la medida.

Aunque no habló públicamente de este fenómeno de diferenciación social —tan poco coherente con los postulados socialistas que siempre preconizó— Leal nunca mostró miedo por la renovación, aunque en toda ocasión defendió el férreo control estatal de las principales actividades económicas.

Además, luchó para que los antiguos residentes de La Habana Vieja permanecieran en sus hogares remodelados y no se perdiera la vida comunitaria, las bodegas del barrio y las antiguas farmacias que le dan sabor al casco histórico.

“Siempre me mostré opuesto a la momificación de la ciudad. No sería sensato presentar una vitrina del pasado", respondió con humor en una entrevista a mediados de 2016. "Imagina qué hubiese sido de nosotros de habernos conformado con ser una especie de sucursal de escuela de embalsamadores egipcia”.

Miembro relevante del poderoso Comité Central del Partido Comunista y formado en su infancia en escuelas religiosas católicas, Leal se desempeñó también en varios períodos como parlamentario.

En varias ocasiones contó que fue autodidacta y trabajó desde joven para contribuir al mantenimiento de su familia. Fue muy reservado en su vida privada y en los últimos años se supo que tenía una diabetes agresiva y que batallaba contra el cáncer.

En 2016, ya con su salud algo deteriorada, la Oficina del Historiador sufrió un golpe económico cuando parte de las empresas que la sostenían pasaron a ser administrados por un conglomerado de empresas militares, dejando a Leal la tarea social y de rescate pero limitando su capacidad de administración empresarial.

Entre sus títulos contaba con un doctorado en Ciencias Históricas de la Universidad de La Habana. Sus colaboradores dicen que visitó al menos 40 países en misión oficial y en 2007 recibió el Premio Reina Sofía de Restauración y Conservación del Patrimonio Cultural, entregado en España, uno de los más prestigiosos del mundo en la materia. Italia, Chile y Estados Unidos, entre otros, también reconocieron su labor.

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Andrea Rodríguez está en Twitter: www.twitter.com/ARodriguezAP

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